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Cómo transformar el turismo en inclusión

Durante años, el turismo estuvo pensado casi exclusivamente desde la logística, la ocupación hotelera y el consumo. Pero detrás de esa mirada quedaron afuera millones de personas neurodivergentes y sus familias, para quienes viajar no siempre es sinónimo de descanso, sino muchas veces de sobreesfuerzo, ansiedad y adaptación permanente. Esa es la advertencia que plantea Sabrina Gallardo, especialista con más de 16 años de trayectoria en el sector, y también madre, una doble experiencia que la llevó a repensar el modo en que la industria diseña sus servicios.

La neurodivergencia no es una etiqueta técnica, es una realidad cotidiana”, sostiene Gallardo. Y desde esa premisa propone un cambio de enfoque: dejar de mirar el turismo solo como una actividad de traslado y consumo para empezar a pensarlo también como un espacio de bienestar, participación y calidad de vida.

Su mirada surge de una escena que muchas familias conocen bien. Salir de casa, llegar a un aeropuerto, esperar en una terminal o enfrentarse a un lugar desconocido puede convertirse en una cadena de obstáculos invisibles: ruidos intensos, luces fuertes, cartelería confusa, cambios imprevistos o tiempos de espera que alteran por completo la experiencia. “Lo que para muchos es aventura, para nosotros es previsión y adaptación”, explica. En ese recorrido, el descanso prometido se transforma en una tensión constante.

Gallardo advierte que esas dificultades no son simples incomodidades, sino factores que agotan, generan frustración y, en muchos casos, terminan expulsando a las familias del sistema turístico. Por eso insiste en que el desafío no pasa por grandes inversiones ni por reformas imposibles, sino por algo mucho más concreto: diseñar experiencias más claras, más amables y más previsibles.

Esa reflexión quedó plasmada en su libro El Viaje Invisible, donde plantea que el turismo tiene hoy una oportunidad histórica. La pregunta, dice, ya no debería ser solo cómo atraer visitantes, sino cómo garantizar que cada persona pueda vivir la experiencia sin quedar fuera por la forma en que está pensada. Capacitar al personal, ofrecer información anticipada, mejorar la señalización, revisar los niveles de ruido o generar espacios de regulación sensorial son, según explica, pequeños cambios con un impacto enorme.

Lejos de limitarse a quienes forman parte del universo neurodivergente, estas adaptaciones también benefician a personas mayores, familias con niños, y a cualquier viajero que agradezca un entorno más claro y empático. “Un viaje inclusivo no es solo disfrute: es descanso mental, alivio y bienestar real”, resume la especialista.

La propuesta de Gallardo no cuestiona el turismo como experiencia, sino que lo invita a ampliarse. Porque, en definitiva, cada viaje empieza mucho antes de armar la valija: comienza en la confianza de saber que el destino también está preparado para recibir a todos.

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