Nalbandian: único finalista sudamericano de Wimbledon en la Era Abierta
El argentino se enfrentó a Lleyton Hewitt en el partido decisivo de 2002
David Nalbandian llegó a la final de Wimbledon 2002 sin un mapa que le indicara el camino.
No había un argentino antes que él. Tampoco un brasileño, un chileno, un ecuatoriano, un uruguayo o un colombiano. Desde el inicio de la Era Abierta, ningún tenista sudamericano había conseguido abrirse paso hasta el último domingo del All England Club. La hierba, durante décadas, había parecido una superficie lejana para una región educada en la tierra batida, los intercambios largos y una manera distinta de construir los partidos.
Nalbandian rompió esa frontera.
Lo hizo con 20 años, como cabeza de serie No. 28, en un Wimbledon que no parecía diseñado para él ni para los jugadores de su entorno. Llegó sin grandes referencias sudamericanas a las que mirar, sin una tradición reciente que le ayudara a imaginar la final y sin necesidad de presentarse como un especialista clásico de la hierba. Su tenis era otra cosa. Más de lectura que de impacto. Más de anticipación que de saque. Más de talento para resolver desde el fondo que de obediencia a los códigos tradicionales de Londres.
Y, aun así, terminó jugando por el título.
La final ante Lleyton Hewitt se resolvió con claridad para el australiano, que ganó por 6-1, 6-3 y 6-2. El marcador no le dejó demasiado espacio a Nalbandian para competir en el día decisivo, pero no reduce la dimensión de lo que había construido durante las dos semanas anteriores. Porque su recorrido hasta la Centre Court fue uno de los más singulares que ha firmado un sudamericano en Wimbledon.
Nalbandian no era un desconocido para el tenis, ni mucho menos. Había sido una de las grandes figuras del circuito júnior, llegó a semifinales de Wimbledon en esa categoría en 1999 y ese mismo año ganó el dobles júnior junto a Guillermo Coria. Conocía el torneo, había pisado la hierba y entendía algunos de sus códigos. Pero el salto al cuadro absoluto era otra historia. El nivel, la velocidad de los partidos y la dificultad para sostener una campaña de siete encuentros no se parecían a nada de lo que había vivido antes en Londres.
Su primer Wimbledon como profesional terminó, sin embargo, convertido en una carrera hacia la final.
El argentino debutó ante David Sánchez y ganó por 6-4, 6-3, 4-6 y 7-5. Fue un estreno con tensión, porque perdió el tercer set y tuvo que evitar que el partido se alargara más de la cuenta. Pero también dejó una de las primeras señales de su torneo: la capacidad para mantener la calma cuando el guion se movía.
En segunda ronda derrotó a Paul-Henri Mathieu por 7-6(3), 7-6(7) y 6-3. El francés era un jugador de enorme calidad, capaz de acelerar con facilidad y de convertir cualquier intercambio en un punto incómodo. Nalbandian respondió con su manera habitual de competir: leyendo antes, encontrando la dirección correcta y evitando que el rival pudiera jugar cómodo.
La tercera ronda le llevó ante George Bastl, el suizo que acababa de eliminar a Pete Sampras, siete veces campeón de Wimbledon, en segunda ronda y se había convertido en una de las historias del torneo. Nalbandian no se dejó arrastrar por el ruido de ese resultado. Ganó por 6-2, 6-2, 6-2, en un partido que exigió precisión y nervios.
La victoria tuvo importancia por varias razones. Bastl venía de derrotar a una leyenda de Wimbledon. Nalbandian, en cambio, estaba empezando a descubrir el torneo. Pero fue el argentino quien manejó mejor los desempates, quien encontró más soluciones en los momentos cortos y quien demostró que podía competir en una superficie donde los detalles pesan más que en casi ningún otro lugar.
En octavos de final, la historia cambió de tono.
Nalbandian se cruzó con Wayne Arthurs, uno de los jugadores más incómodos que podía encontrarse en hierba. El australiano representaba una forma de jugar que parecía hecha para Wimbledon: servicio zurdo, subida constante a la red y puntos que se resolvían antes de que el rival pudiera instalarse desde el fondo. Para un jugador como Nalbandian, acostumbrado a construir desde la línea de base, el partido podía ser una prueba especialmente incómoda.
La resolvió con sufrimiento: 6-4, 7-6(4), 2-6, 7-6(7).
Ese marcador fue una declaración. Nalbandian no estaba sobreviviendo en la hierba. Estaba jugando muy bien en ella. Estaba encontrando restos, pasando a un rival que vivía en la red y obligando a Arthurs a disputar puntos que no quería disputar. Su tenis, tan asociado a la pista dura y a la tierra, estaba demostrando que también podía tener una lógica en Wimbledon.
Los cuartos de final le llevaron ante Nicolás Lapentti, otro sudamericano. El ecuatoriano era cabeza de serie No. 22 y venía con confianza. Entre los dos había una oportunidad que superaba el partido: uno de ellos iba a alcanzar las semifinales de Wimbledon. Para Nalbandian, aquello suponía entrar en un terreno que ningún jugador de la región había explorado con regularidad.
Y ganó por 6-4, 6-4, 4-6, 4-6, 6-4..
Fue uno de los encuentros más completos de su torneo. Tuvo que jugar cinco sets y mantener la concentración en una superficie donde una pequeña caída de nivel puede convertirse en una rotura decisiva. Así, Nalbandian respondió y alcanzó la penúltima ronda.
Ya estaba haciendo historia. Pero no se detuvo ahí.
En semifinales esperaba Xavier Malisse, cabeza de serie No. 27 y uno de los jugadores más talentosos de aquella generación. El belga tenía un tenis natural para hierba: saque, derecha, capacidad para atacar y una facilidad enorme para acortar los puntos. También llegaba con confianza, después de eliminar a Richard Krajicek en cuartos de final.
El partido fue una montaña rusa.
Nalbandian ganó los dos primeros sets por 7-6(2), 6-4. Estaba a una manga de la final. Malisse reaccionó y se llevó el tercero en el tie-break por 6-1. Después ganó el cuarto por 6-2. De repente, el argentino pasó de controlar el encuentro a tener que sobrevivir a un quinto set ante un rival que había encontrado velocidad, energía y confianza.
El último parcial se convirtió en una prueba de resistencia mental, pero el argentino terminó imponiéndose por 6-2.
La final de Wimbledon ya tenía un sudamericano.
No era un resultado menor. La hierba había sido una superficie poco familiar para Sudamérica por razones obvias: menor tradición, menos pistas, menos torneos de preparación y una cultura tenística construida sobre otros ritmos. Los grandes jugadores de la región habían brillado en Roland Garros, en pista dura, en la Copa Davis y en los ATP Masters 1000, pero Wimbledon conservaba una distancia especial.
Nalbandian la redujo de golpe.
Su juego ayudaba a explicarlo. No tenía el saque más devastador del circuito ni un patrón de saque y volea que le convirtiera en un especialista ortodoxo. Lo que tenía era una lectura extraordinaria y muchísima mano, un talento impresionante. Su revés a dos manos le permitía restar bajo, cruzado, paralelo o con ángulo. Su capacidad para anticipar le daba tiempo en una superficie que normalmente lo quita. Y su forma de cambiar de dirección podía desordenar a jugadores que esperaban una respuesta más pasiva desde el fondo.
En Wimbledon 2002, Nalbandian no intentó convertirse en otra persona. No quiso jugar como un australiano de los años 90 ni como un sacador de escuela estadounidense. Encontró una manera de trasladar su propio tenis a la hierba.
Ese fue uno de los aspectos más llamativos de su recorrido.
La final, sin embargo, fue otra historia. Hewitt llegaba como No. 1 del PIF ATP Rankings y primer cabeza de serie. Había ganado el US Open el año anterior, era uno de los competidores más sólidos del circuito y había atravesado una dura semifinal ante Tim Henman. El australiano no tenía un estilo clásico de Wimbledon, pero sí una capacidad enorme para restar, correr, pelear cada bola y convertir los partidos en una batalla de intensidad.
La final empezó mal para Nalbandian.
Hewitt ganó el primer set por 6-1 y dejó claro que no iba a permitirle instalarse en el partido. El argentino encontró algo más de orden en el segundo parcial, pero el australiano siguió imponiendo profundidad, velocidad y una agresividad constante desde el resto. El 6-3 del segundo set abrió una distancia complicada. El 6-2 del tercero confirmó el título de Hewitt.
Nalbandian perdió la final, pero no perdió lo que había conseguido.
Llegar hasta ese domingo cambió la percepción sobre su carrera. Hasta entonces, era un jugador de enorme talento, un antiguo campeón júnior y una de las promesas argentinas más interesantes. Después de Wimbledon, pasó a ser finalista de Grand Slam. Y no en cualquier escenario: en el único grande donde el tenis sudamericano parecía tener menos espacio.

