¿Sabemos de qué hablamos cuando decimos obsesivo?
Por Orillas, espacio de Psicoanálisis (*)
No es por los rasgos ni las características de la personalidad por lo que vamos a distinguir la neurosis obsesiva. No todos los obsesivos son iguales, y de hecho no siempre tienen tocs o rituales como nos muestran las películas…
Comportamientos obsesivos, rasgos, podemos tener todos, pero en la neurosis obsesiva el deseo de retener surge con fuerza. El carácter, y el mal carácter, suele ser un bastión difícil de conmover que muchas veces dificulta el lazo y aleja a los seres queridos.
Algo que caracteriza a la neurosis obsesiva es su relación al deseo. Siempre intentan mantener su deseo lejos, bajo control estricto. ¿Por qué? Porque temen quedar a merced del deseo del Otro. El psicoanalista francés, Jacques Lacan, lo llamó deseo anulado o imposible. Se las ingenian para tener un otro, un rival que ocupa el lugar del obstáculo para la realización de sus deseos, y un Otro simbólico, al que esa hazaña heroica está dirigida. Imaginar escenarios en los que esta rivalidad se lleva a cabo consume gran parte de su vida.
Según Lacan, el obsesivo es una “fortificación al estilo Vauban”, se trata de una estructura robusta cuya arquitectura es muy compleja y cuyas defensas son extremadamente difíciles de desmontar e incluso, impenetrables.
Estas fortificaciones fueron di-señadas hacia el 1600 como defensa frente al asedio del enemigo. El obsesivo suele vivir constantemente en guardia, suponiendo que puede controlar el deseo del otro.
La solución obsesiva, entonces, consistiría en neutralizar el deseo, ¿cómo lo hace? Posterga, nunca es el momento, no hay dinero, está cansado, cuando termine tal cosa hará la otra… Se llena de tareas, trabajos, obligaciones, a veces rituales inútiles. Convierte el deseo del otro en una demanda a la que puede responder o puede negarse.
La mirada cobra un valor preponderante en la neurosis obsesiva, la mirada del otro, pero también, una auto observación constante. Lacan lo compara con la rana de la fábula, quiere ser tan grande como el buey, se infla… y sufre las consecuencias.
Si bien sostiene una defensa consistente, paga el costo del aislamiento, la petrificación y la mortificación que lo caracterizan en su rigidez. No solo mantiene distancia con el otro, se trata, principalmente, de una distancia consigo mismo.
El trabajo en un análisis apunta a que pueda dejarse tocar por las palabras, conmover sus rigideces, la duda y la rumiación para hacer de su deseo algo posible.
(*) Orillas es un espacio de Psicoanálisis, que ofrece orientación clínica y asistencia a las problemáticas subjetivas de nuestra época. Equipo: Lic. Rocío Batalla, Lic. Flavia Ferreyra, Lic. Laura Fangmann, Lic. Mariana Gavotti, Lic. María Paz Varela


