Los precios pegaron otro salto al comienzo de febrero
El arranque de febrero registró un fuerte reacomodamiento de precios que golpeó de lleno a los consumidores: la canasta de alimentos y bebidas registró una suba del 2,5% en la primera semana del mes, el incremento semanal más alto desde marzo de 2024, según un relevamiento de la consultora LCG.
El salto no fue homogéneo: el alza se concentró en artículos sensibles de la canasta básica. Más del 75% de la inflación semanal se explicó por aumentos en panificados y bebidas, mientras que LCG reportó subas destacadas de 7,3% en bebidas e infusiones para consumo en el hogar, 6,0% en panificación, cereales y pastas, 2,3% en lácteos y huevos y 1,9% en comidas listas para llevar. Solo algunos rubros moderaron la suba general —aceites (-0,1%) y frutas (-0,9%)— lo que suavizó parcialmente el promedio semanal.
La dinámica de precios muestra además mayor dispersión y valores extremos: los productos que aumentaron representaron el 17% de la canasta relevada, dos puntos porcentuales más que la semana anterior, y la inflación promedio de las últimas cuatro semanas se ubicó en 1,6% mensual, el doble de lo observado a fines de enero, un dato que dificulta las expectativas de desaceleración sostenida.
El episodio llega en un contexto estadístico y político tenso: la decisión del Gobierno de postergar la publicación del nuevo Índice de Precios al Consumidor —la medición con base más actualizada— mantiene vigente la canasta con base 2004, lo que otorga a los alimentos y bebidas un peso mayor dentro del índice y amplifica el impacto de estas subas sobre la inflación oficial. Ese “ruido” estadístico también alimentó dudas en los mercados.
Efectos en los mercados y en las expectativas
El repunte de precios y la controversia sobre la medición oficial ya dejaron huella en la plaza financiera local: durante la semana se observaron caídas en acciones y bonos argentinos y una mayor volatilidad, pese a un contexto externo relativamente benigno. Analistas y operadores vinculan parte de esa mala performance a la incertidumbre generada por el mapa estadístico y las expectativas sobre inflación.
Más allá del impacto financiero, el riesgo más inmediato es real y social: un repunte sostenido en alimentos desancla las negociaciones salariales, erosiona el poder de compra de salarios y jubilaciones y complica las expectativas necesarias para consolidar cualquier proceso de desaceleración inflacionaria. La mayor concentración del aumento en bienes de la canasta básica agrava el efecto distributivo: los sectores de menores ingresos destinan mayor proporción de sus recursos a esos productos, por lo que la suba golpea con más fuerza a los hogares más vulnerables.
En síntesis, el 2,5% de la primera semana de febrero marca una fractura respecto de la “calma relativa” observada en semanas previas y pone de nuevo en el centro del debate la calidad de las estadísticas oficiales, la gestión de la política de precios y el calendario de negociaciones salariales. Para las autoridades, el desafío inmediato será contener los aumentos en los rubros que más pesan en la canasta y dar señales claras sobre la metodología estadística si quieren recuperar previsibilidad en los mercados y en el bolsillo de los ciudadanos.

