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Cae el consumo masivo y se resiente el humor social

Las estadísticas sobre el consumo en la Argentina ofrecen una imagen aparentemente contradictoria. Mientras desde el Gobierno nacional se pone el foco en los niveles récord alcanzados por el consumo privado, las ventas de los productos que forman parte de las compras habituales de las familias continúan mostrando señales de retroceso.

La explicación está, en buena medida, en que ambos indicadores miden universos diferentes. El consumo privado abarca un conjunto mucho más amplio de gastos y comprende tanto la adquisición de bienes como la contratación de servicios. En términos económicos, representa un volumen cercano a los 500.000 millones de dólares.

El denominado consumo masivo, en cambio, tiene una dimensión considerablemente menor: mueve alrededor de 33.500 millones de dólares. Esto significa que representa aproximadamente el 7% del gasto privado y cerca del 5% del Producto Bruto Interno (PBI).

La diferencia no es menor a la hora de interpretar los datos. Un aumento del consumo privado total no implica necesariamente que las familias estén comprando más alimentos, bebidas o productos esenciales. De hecho, ambos fenómenos pueden producirse simultáneamente: mientras algunos rubros empujan hacia arriba el indicador general, el consumo cotidiano puede continuar perdiendo volumen.

Es precisamente esta última tendencia la que se hace visible en los comercios que forman parte de la vida diaria. Supermercados, mayoristas, almacenes, kioscos, autoservicios y farmacias registran el comportamiento de un consumidor que debe administrar cada vez con mayor cuidado sus ingresos.

La diferencia entre ambos indicadores también permite comprender por qué la sensación que tienen los hogares puede no coincidir con determinados registros macroeconómicos. El consumo privado incluye servicios y bienes de distinto tipo y valor, mientras que el consumo masivo está directamente relacionado con productos de compra frecuente y relativamente imprescindibles.

En otras palabras, una mejora en determinados segmentos del gasto puede alcanzar para impulsar el indicador general sin que eso se traduzca necesariamente en una recuperación de las compras habituales.

Para las familias, el dato que adquiere mayor relevancia es el que aparece al momento de hacer las compras. Menos unidades en el changuito, sustitución de marcas, reducción de cantidades o postergación de productos que antes formaban parte de la compra habitual son algunas de las estrategias utilizadas para acomodar el presupuesto.

Así, detrás de la discusión sobre cuál indicador refleja mejor la evolución del consumo aparece una cuestión central: los números generales pueden mostrar una expansión del gasto mientras el consumo cotidiano continúa deteriorándose.

La diferencia entre ambas realidades resulta clave para interpretar la situación económica. El récord del consumo privado puede coexistir con una caída de las ventas masivas porque se trata de magnitudes y composiciones diferentes. Y es justamente en ese segmento más pequeño, pero mucho más cercano a la vida cotidiana, donde los hogares perciben de manera inmediata cuánto rinde su ingreso.

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