Brasil en la encrucijada: dos proyectos en disputa de cara al “mata-mata”
Por Gabriel E. Merino *
La primera vuelta confirmó una sociedad partida en dos, el avance regional de las ultraderechas y una injerencia estadounidense cada vez más abierta. Lula llega al balotaje en desventaja, pero con una base intacta. Lo que está en juego excede la elección: es la capacidad de sostener un proyecto propio en una región en disputa.
Las elecciones brasileñas no pueden leerse solo como una contienda entre dos candidatos. Condensan tres procesos que atraviesan a toda América Latina: el malestar acumulado tras una década de estancamiento, la reconfiguración de las derechas y la ofensiva de Washington por asegurar el control de lo que considera su retaguardia estratégica. Brasil, por su peso, es el tablero principal de esa disputa.
Una polarización cristalizada
Lula obtuvo lo que anticipaban las encuestas: el 45,16% de los votos. La sorpresa vino del otro lado. Flávio Bolsonaro rompió las previsiones al capitalizar el “voto útil” antilulista y llegar al 47%, en detrimento de los demás candidatos de la oposición.
El dato revela la naturaleza del momento. En una sociedad de polarización cristalizada, el espacio para terceras opciones se estrecha hasta casi desaparecer. El votante opositor no eligió tanto un programa como un instrumento para derrotar al lulismo. Ese mecanismo, que concentra el voto en el polo más competitivo, es el que ahora define el balotaje.
La división, además, no es nueva ni coyuntural. Desde hace una década, Brasil se organiza políticamente en dos bloques político-sociales cada vez más consolidados, con identidades, territorios y circuitos de información propios. La elección no creó esa fractura: volvió a ponerla en evidencia y reprodujo la situación de 2022, aunque esta vez la ventaja fue para Bolsonaro hijo. Por ahora, esa puja hegemónica sigue sin resolverse.
Ultraderechas en ascenso y voto castigo
La elección confirma el avance regional de las ultraderechas, que desplazaron a las fuerzas liberal-conservadoras tradicionales como representación principal del campo antiprogresista. En términos programáticos, esta ola política se parece a la de 2016-2019: apertura económica, achicamiento del sector público, privatizaciones, recortes en ciencia y técnica y subordinación estratégica a Estados Unidos —aunque con cierto margen de maniobra, a diferencia de la Argentina de Javier Milei—. Cambia, sin embargo, la impronta ideológica: más radicalizada en términos conservadores, más confrontativa e iliberal en lo político y más articulada con la llamada extrema derecha del Occidente geopolítico.
América Latina es, en términos estructurales, una región en disputa, que se debate entre ser el “patio trasero” de un imperio en declive relativo o un polo emergente en un escenario relativamente multipolar. Esta ola política se comprende en esa contradicción —sobre la que operan muchos grises—, en la que la administración Trump exacerba el repliegue hemisférico como respuesta, justamente, a su declive relativo en el escenario global. Pero si bien las llamadas ultraderechas o “nuevas” derechas comparten ciertos principios y valores, en la periferia latinoamericana funcionan como un reflejo invertido de sus pares del Norte: en lugar de nacionalistas y proteccionistas, abrazan el tutelaje externo y el aperturismo neoliberal, con su consecuente desindustrialización.
Por eso en Brasil, por ejemplo, se oponen al plan de reindustrialización Nova Indústria Brasil, lanzado por el gobierno de Lula en 2024 y a cargo de su vicepresidente y ministro de Desarrollo, Industria, Comercio y Servicios, Geraldo Alckmin, con un financiamiento de unos USD 50.000 millones. Cuestionan el papel del Estado, el costo fiscal, el crédito subsidiado y el riesgo de repetir las políticas industriales de los gobiernos anteriores del PT, paradójicamente parecidas a las que el trumpismo aplica en Estados Unidos.
Por otro lado, la idea de “ola ideológica” debe matizarse. Salvo en México, lo que predomina en la región es un voto castigo a los oficialismos, cualquiera sea su signo, como expresión de un profundo malestar social. Los electorados no giran tanto hacia la derecha como contra quien gobierna.
Una de las claves de ese malestar, aunque no la única, es económica. La década que pasó fue peor que la llamada Década Perdida de los años ochenta en materia de crecimiento y desarrollo humano. El declive se expresa en descontento, y el descontento encuentra en las ultraderechas un canal disponible: eficaz para nombrar culpables, aunque no para resolver las causas, y funcional para implementar el programa de los grupos de poder dominantes (o de buena parte de ellos) bajo la paradoja de una narrativa antiestablishment. A su vez, ese voto que castiga a los oficialismos de turno es también un vehículo para el malestar de la porción del electorado que no forma parte de la polarización cristalizada.
Trump juega fuerte
Estados Unidos busca asegurar el control de la región, y cada elección latinoamericana se ha vuelto prácticamente un escenario de guerra híbrida. En Brasil los frentes son visibles: la campaña contra el Supremo Tribunal Federal, las interferencias bajo el argumento del combate al “narcoterrorismo”, la guerra comercial abierta desde julio de 2025 y una guerra de información permanente. El cierre de la embajada y los consulados dos días antes de los comicios, alegando “problemas de seguridad”, completó el cuadro con un mensaje difícil de leer como casual.
En esa disputa, el “algoritmo” juega. No es un fetiche ni una fuerza abstracta: es una herramienta de poder que tiene dueños e intereses concretos. En una sociedad hiperdigitalizada como la brasileña —y, en general, como las latinoamericanas—, quien controla las plataformas controla buena parte de la agenda, la circulación de emociones y la producción de sentido común. Eso inclina aún más una cancha que, por la creciente asimetría de poder, ya es prácticamente una rampa.
Esa asimetría se parece, por momentos, a la de los juncos chinos frente a los barcos británicos de acero, a vapor y con artillería moderna en el siglo XIX, que explica, entre otras cosas, por qué el Imperio británico pudo derrotar a una China mucho más populosa y con una economía varias veces mayor. Las fuerzas populares disputan con herramientas de otra época contra un aparato tecnológico, financiero y comunicacional que opera a escala global. La densidad nacional, la organización popular y la movilización masiva son claves para contrarrestar los efectos de esta guerra asimétrica y equilibrar el juego; pero su debilitamiento no hace más que profundizar esa asimetría.
Clase, territorio y las cuatro “B”
El voto reproduce diferencias de clase social, territorio, religión y género. Pero no corta igual que en el Norte Global. En Brasil los pobres están con Lula y la clase media profesional se inclina por Bolsonaro. No es un esquema de liberales contra conservadores que se expande hacia sus extremos ante la crisis, sino una fractura que remite a la estructura social y a los proyectos de país en pugna.
El bolsonarismo es una fuerza social que articula las cuatro “B”: la Biblia (las iglesias evangélicas), la bala (militares y fuerzas de seguridad), el buey (el agronegocio) y, también, la Banca, que enlaza actores locales con Wall Street y Londres. No es un dato menor que, dentro del stock de inversiones estadounidenses en Brasil, el sector que predomina sea el financiero.
Ahí reside uno de los límites del gobierno de Lula: no logró quebrar el condicionamiento del poder financiero. Una tasa de interés de referencia real cercana al 10% —que apenas se redujo bajo la conducción de Gabriel Galípolo en el Banco Central— frena la producción, impone un enorme costo fiscal para sostener el servicio de la deuda y alimenta la morosidad de las familias. Los datos son elocuentes:
- Más del 80% de las familias están endeudadas, un récord histórico.
- Casi el 30% del ingreso se destina a cuotas e intereses.
- Prácticamente una de cada tres familias tiene pagos atrasados.
- Tres de cada cuatro se endeudaron para comer, pagar servicios o vivienda.
El problema es estructural. Se trata del capitalismo financiarizado, que convierte la reproducción cotidiana de la vida en una fuente de renta y traslada ese malestar al terreno político, donde suele castigar a quien gobierna.
Hacia la segunda vuelta
Los buenos resultados económicos y sociales del tercer gobierno de Lula no se tradujeron plenamente en una percepción de bienestar. El gobierno llega a la elección exhibiendo crecimiento económico, reducción de la pobreza, expansión del empleo y un fuerte desempeño exportador. Sin embargo, el bolsonarismo explotó con eficacia la percepción de que la vida cotidiana no mejoró lo suficiente. El costo de vida, el endeudamiento, la inseguridad y una creciente demanda de “cambio” fueron los ejes centrales de la campaña de Flávio.
Lula apuesta al impacto social de las últimas medidas. El gobierno aumentó un 15,04% el Bolsa Família, lanzó una nueva etapa del programa Desenrola para enfrentar el endeudamiento de las familias y prohibió las apuestas online (las bets), con bloqueo de las plataformas desde el 6 de octubre. El objetivo político es atacar tres problemas centrales para los sectores populares: la pérdida de poder adquisitivo, la deuda y las apuestas online.
El gobierno busca movilizar a quienes no fueron a votar y disputar el voto de centro. Cerca de 33 millones de brasileños no votaron en la primera vuelta, y unos 9 millones de electores apoyaron a los candidatos derrotados. Pero incluso si Lula logra la reelección —una posibilidad hoy cuesta arriba, a tres semanas del balotaje—, el Brasil que encontrará en 2027 será más conservador y con un Congreso más adverso que el de 2023: el resultado estuvo acompañado por un avance de la derecha y del Partido Liberal en las disputas estaduales y legislativas.
El escenario para el gobierno es muy complicado. Pero nada está dicho para un líder surgido de las huelgas contra la dictadura militar a fines de los años setenta y que protagoniza la política brasileña desde 1989. En su entorno, algunos se aferran a un dato: la diferencia entre los dos primeros es la menor de la historia en una primera vuelta. Tras la derrota, en un mensaje que anticipa que dará batalla hasta el final, Lula afirmó: “Soy muy bueno en el mata-mata”.
- Doctor en Ciencias Sociales y Profesor Adjunto en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Investigador en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IdiHCs).

