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Elecciones en EE.UU.: todo, en todas partes, al mismo tiempo

El primer martes de noviembre cada dos años hay elecciones en Estados unidos. Los años bisiestos son elecciones presidenciales, los que no, renuevan un tercio de la cámara alta y la mitad de la cámara baja (senado y diputados). Esto viene sucediendo sin interrupciones desde el siglo XIX. El sufragio no es obligatorio, puede hacerse por anticipado y por correo.

No creo que haga falta entrar en los detalles del sistema electoral, de los chanchullos para redefinir los distritos, los cierres de mesas para dificultar el acceso al voto. Todo eso existe, es importante, pero no es la conversación que intento abrir.

Una elección de medio término, renovación de parte del poder legislativo debería ser algo bastante anodino para el lector o lectora local. Pero no lo es, por varias razones.  

La primera: la administración de Javier Milei nos ha subordinado tan absolutamente a la política norteamericana que lo que pase allí, pesa para nosotros. En verdad siempre pesó, Estados Unidos es el poder hegemónico (regional, mundial,  aunque en decadencia), pero ahora mucho más.

La segunda, el poder de la administración de Donald J. Trump se ha acumulado como lo hizo porque, hasta ahora, ha tenido control de ambas cámaras y de la Corte Suprema de Justicia (gracias a la incorporación de tres jueces:  Neil Gorsuch que reemplazó a Antonin Scalia, Brett Kavanaugh a Anthony Kennedy y Amy Conney Barret por Ruth Bader Ginsburg durante su primera presidencia).

Esta imposición sobre la división de poderes le ha permitido saltarse muchos controles y establecer un gobierno que más que administración pública parece una extensión de sus empresas. Este modelo, sobre el que advierten Daniel Ziblatt y Steven Levitsky en cómo mueren las democracias, ha sido emulado masivamente en nuestro país y en la región. Encuentra sus límites con la derrota de Viktor Orban en Hungría.

La tercera, es que eso puede cambiar el martes 3 de noviembre si, como indican las predicciones, el partido republicano bajo MAGA, pierde la mayoría en ambas cámaras. El funcionamiento automático puede cambiar este martes. Los republicanos llegan a la elección defendiendo una mayoría muy ajustada en la Cámara de Representantes, de 218 contra 214 escaños, y otra de 53 contra 47 en el Senado, contando allí los independientes que votan con los demócratas. Las proyecciones más difundidas dan a los demócratas como favoritos para recuperar la Cámara, mientras que el Senado aparece más competitivo, aunque varios modelos también les otorgan chances de mayoría. La candidatura de James Talarico de Texas les daría un senador demócrata por esa circunscripción, cosa que no sucede desde 1988, Abdul Al Sayed, candidato demócrata por Michigan sería el primer senador musulmán de la historia, además de ser doctor en salud pública por la Universidad de Oxford. La pluralidad del ingreso de esta camada de senadores (aunque no de género) también incluye una muy necesaria solvencia intelectual. 

¿Por qué nosotros?

En Fuente Ovejuna, Laurencia entra en el consejo del pueblo y grita “dejadme entrar, dejadme entrar, que bien puedo en Consejo de los hombres, si no dar voto, dar voces”.

No votamos en Estados Unidos, pero deberíamos hablar. Deberíamos empezar a considerar el impacto que puede tener sobre nosotros, y para eso hay que entender qué pasa.

El impacto corre, al menos, por dos carriles. El primero es financiero: una derrota republicana que puede derivar en cambios de gabinete o en un reordenamiento de prioridades en Washington que complicará el financiamiento en divisas que la Argentina necesita para 2027, según advierte el Centro de Economía Política Argentina. Scott Bessent estará ocupado con su propia inflación y su propio aumento de tasas de interés; la elección presidencial de un oscuro país del hemisferio sur perderá relevancia. Especialmente después del fracaso que sufrieron con la derrota de Bolsonaro y su posterior fuga. El segundo es político: Trump es el principal aliado internacional de Milei, y un Congreso menos dócil podría reducir la capacidad de la Casa Blanca para sostener rescates, acuerdos y apoyos diplomáticos. Con el congreso en contra el Escudo de las Américas, ese proyecto colonial de Trump, se debilita en su origen.

El tercero es internacional y nos pega fuerte: la disparada del actual precio del petróleo y el gasoil se explica, casi exclusivamente, por el conflicto entre Estados Unidos e Irán y las dificultades en torno al tránsito desde el Golfo de Ormuz. Los ataques del gobierno de Trump no tuvieron autorización del congreso, pero cuando la bancada demócrata intento limitarlos fueron rechazados por los republicanos. Si MAGA, Trump, pierde ambas cámaras la participación norteamericana en medio oriente probablemente cambiaría. Lo mismo para el creciente apoyo de Trump a Putin en Ucrania.

No se trata de una relación de dependencia pasiva ni de una certeza automática. Un triunfo demócrata debilitaría el respaldo político del que depende el programa económico del Gobierno para atravesar el año electoral argentino. Poco después de nuestras elecciones de medio término (2025) Donald J. Trump se vanagloriaba de haberle hecho ganar la elección a Javier Milei (incluso cuando se confundió pensando que se trataba de elección presidencial…).

El impacto más inmediato de las elecciones de este martes en el Congreso de Estados Unidos no cambia al presidente, sino que puede mudar quién controla el poder de frenar, investigar y financiar al Ejecutivo. Con los republicanos defendiendo mayorías muy ajustadas: 218 contra 214 en la Cámara y 53 contra 47 en el Senado, la pérdida de una sola cámara alteraría el equilibrio de poder en Washington. Perder ambas cámaras recuperaría la capacidad de control de poderes que el republicanismo propone como protección contra la tiranía.  

Si los republicanos retienen ambas cámaras: Trump mantendría, durante sus dos años finales de mandato, un Congreso mayoritariamente alineado. Eso le facilitaría avanzar con su agenda legislativa, aprobar prioridades como seguridad fronteriza y producción de combustibles fósiles,  asegurando las ganancias de la coalición que lo llevó al poder, y seguir gobernando sin controles.

Preservaría el poder MAGA republicano de las comisiones: las que hoy deciden que se investiga, qué documentos se exigen y qué audiencias se realizan. Concretamente, el Congreso seguiría funcionando como un órgano aquiescente del Ejecutivo que ya ha usado de manera agresiva sus facultades sobre comercio exterior, política exterior y burocracia federal. La democracia, en términos de Levitsky y Siblatt seguiría deslizándose barranca abajo.

Si los demócratas ganan la cámara de diputados: controlarían las comisiones, podrían convocar audiencias, pedir documentos y emitir citaciones judiciales (subpoenas) para investigar al presidente, a su gabinete, a donantes y aliados, y beneficios obtenidos desde el poder público. No es una preocupación menor, no es accidental que la convocatoria de Trump a votar republicano literalmente se refiere a “voten como si yo estuviera en la boleta”.

La lista de actos de supuesta corrupción es larga. Desde la “invitación” a comprar criptomonedas a cada persona quiso reunirse con el presidente Trump, las ganancias en 24 horas posteriores al primer ataque a Irán de su hijo menor en la compra de acciones de petroleras y el avión que Trump recibió de Qatar valuado en 400 millones de dólares son solo algunos de los temas que se espera investigar. La salud mental y la capacidad para ejercer el cargo del presidente también está en esa lista.

Además, tendrían influencia decisiva sobre los proyectos de gasto. Podrían frenar o condicionar partidas presupuestarias, abrir disputas por el techo de deuda y elevar el riesgo de parálisis o cierre parcial del gobierno federal. La oposición ya anticipó una agenda de primeros cien días que incluye revertir recortes en ayuda alimentaria, Medicaid y subsidios de la Affordable Care Act, además de votar contra los aranceles de Trump y limitar la guerra con Irán y las intervenciones de ICE que lejos de controlar fronteras funciona como fuerza de choque del presidente y ya tiene unos cuantos muertos en su haber.

Aprobar leyes sería otra cuestión. Aun con la Cámara baja, los demócratas chocarían con el veto presidencial y, si no controlan el Senado, con la obstrucción del filibusterismo. Su poder sería, sobre todo, de control, negociación y bloqueo. Implementar política requeriría entre otras cosas, de la cámara alta. 

Si también consiguen ganar el Senado se añadiría una palanca clave: la confirmación de nominados presidenciales, porque los cargos elegidos por el ejecutivo requieren aprobación del senado. Los demócratas podrían frenar o dificultar designaciones de ministros, embajadores y jueces federales, obligando a Trump a negociar o a elegir candidatos más moderados.
Es posible que bloqueen buena parte de la agenda legislativa republicana pero no pueden gobernar sin Trump: para aprobar leyes significativas se necesitan 60 votos para superar el filibusterismo y una mayoría de dos tercios para anular un veto presidencial, umbrales que difícilmente alcanzarían. Este es un umbral que está fuera de las posibilidades, pero la capacidad de poner límites no es menor. Al fin y al cabo de eso se trata la República, del equilibro de poderes que, en esta administración de Trump, parece roto.

Lo que puede cambiar

Si el Partido Republicano bajo la etiqueta MAGA pierde la mayoría en una o ambas cámaras, Trump quedará políticamente más limitado durante los últimos dos años de su mandato.  Tendrá menos margen legislativo y dependerá más de decretos, de la burocracia y de su capacidad de movilización en un contexto de inflación inédita. Eso no significa el fin de su poder: la Corte Suprema sigue compuesta por una mayoría conservadora que él ayudó a consolidar. Pero el circuito de habilitación política que hasta ahora funcionó casi sin cortes puede empezar a trabarse. Considerando, además, quienes son los candidatos con posibilidades de acceder a bancas, el propio perfil del partido demócrata también está cambiando.  

Para la Argentina, la cuestión no es solamente si gana Trump o si ganan los demócratas. Es qué queda de la ecuación que sostuvo la alianza Milei-Trump: acceso privilegiado a Washington, respaldo financiero y un modelo político que se presenta como espejo del norteamericano. Si ese circuito se debilita, el costo no será abstracto: aparecerá en el tipo de cambio, en el financiamiento externo y en la disposición del Gobierno a sostener un rumbo que hasta ahora buscó legitimarse mirando hacia el norte.

No votamos allá. Pero, esta vez, las voces de Laurencia deben resonar bastante cerca de casa.

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