La UBA lanzó una guía rápida para detectar el riesgo suicida en jóvenes
Se trata de un material de consulta rápida elaborado por un equipo de investigadores y clínicos. Reúne la evidencia sobre un fenómeno que se concentra, cada vez más, entre personas de entre 15 y 24 años. Y ordena, paso a paso, cómo detectar señales de riesgo, dialogar con quien está atravesando un mal momento y acompañar a los seres cercanos después de una muerte por suicidio.
La Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires concluyó el pasado 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, la elaboración de la Guía breve para la prevención, detección y abordaje de la conducta suicida en jóvenes. Un material dirigido a profesionales de la salud y cuyo objetivo principal es “asistir a los profesionales de la salud en la prevención y detección rápida de señales de alerta de riesgo suicida en adolescentes y adultos jóvenes”, la franja etaria más afectada por estas conductas, así como en la “implementación de respuestas inmediatas”, tal como sostiene la Guía.
Sin pretender “reemplazar los protocolos institucionales específicos ni las decisiones clínicas o administrativas que correspondan”, intenta ofrecer “herramientas prácticas y fundamentadas para la prevención, detección e intervención ante conductas suicidas y autolesivas, con énfasis en el acompañamiento institucional, el cuidado subjetivo y la protección de derechos”, aclara el documento en cuestión.
Este documento surge ante una realidad compleja que atraviesa a nuestra sociedad y afecta prioritariamente a adolescentes y jóvenes. Aunque el material incluye lineamientos técnicos para orientar la práctica de los equipos de salud, su espíritu apunta a un objetivo mucho más amplio: sensibilizar a docentes, nodocentes, estudiantes y familias. Entender que el sufrimiento psíquico no es un problema puramente individual, sino un proceso donde el entorno afectivo e institucional cumple un rol determinante.
El escenario actual
El desarrollo de esta guía parte de una base diagnóstica aportada por los datos del Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud. Según los registros obtenidos entre abril de 2023 y octubre de 2025, en la Argentina se notificaron 22.249 intentos de suicidio en jóvenes. Este indicador estadístico expone una problemática que requiere políticas sostenidas y estrategias de acompañamiento inmediato para evitar desenlaces trágicos.
Al desglosar las cifras, el informe advierte particularidades de género y edad indispensables para enfocar los esfuerzos de asistencia. Las mujeres representan la mayor proporción en la manifestación visible del malestar, concentrando el 61% de los intentos reportados. Sin embargo, la letalidad es significativamente mayor en varones, donde los desenlaces mortales llegan a ser cinco veces superiores. Mientras el 10,8% de las conductas suicidas en la población masculina termina en muerte, en la femenina ese índice se ubica en el 2,1%. Por otro lado, las franjas etarias con mayores tasas de intentos por cada cien mil habitantes son las de 15 a 19 años y de 20 a 24 años. A pesar de estos datos, el análisis destaca un hecho central: por cada caso consumado ocurren en promedio 25 intentos, lo que demuestra que la inmensa mayoría de las crisis ofrecen ventanas de tiempo cruciales donde la intervención temprana puede salvar vidas.
Una trama multicausal
La guía propone un modelo de red causal compleja que integra factores biológicos, psicológicos, familiares y socioculturales. Entre los antecedentes clínicos, resalta que cerca del 90% de los jóvenes que mueren por esta causa presentan un diagnóstico psiquiátrico previo, con prevalencia de trastornos depresivos, del espectro autista, psicosis o déficit de atención. No obstante, el entorno social juega un papel detonante: situaciones crónicas de acoso escolar, acoso digital o ciberbullying multiplican por 2,5 la probabilidad de intentos. A esto se suman dificultades de integración, exclusión grupal, vulnerabilidades socioeconómicas y falta de acceso a recursos, que golpean diferenciadamente a minorías, migrantes y colectivos como la juventud LGBTQ+.
Un aspecto clave para entender mejor esta problemática es la diferenciación del sufrimiento. Es por eso que se diferencia la ideación suicida pasiva, expresada como el deseo recurrente de dejar de existir, de la ideación activa, donde ya se planifican métodos concretos. Por otra parte, hay señales que exigen actuar de inmediato, como un intento reciente, un aumento brusco del consumo de alcohol o sustancias, agitación intensa, insomnio persistente o conducta temeraria. También las despedidas: mensajes en redes, cartas, regalar objetos queridos, hablar como si ya no fuera a estar. Y las autolesiones y las expresiones directas, como sentirse una carga o no encontrar razones para vivir, que nunca deben leerse como un pedido de atención. Para organizar las respuestas de cuidado, la guía clasifica el riesgo en tres niveles operativos:
• Riesgo Alto: Caracterizado por intentos recientes, agitación extrema o expresiones explícitas de deseos de morir; demanda acompañamiento continuo, restricción de medios letales y derivación urgente a servicios profesionales de salud mental.
• Riesgo Moderado: Identificado por aislamiento crónico o presencia de planes difusos; requiere intervención coordinada entre la institución educativa, el entorno familiar y la red asistencial.
• Riesgo Bajo: Manifestado a través de malestar generalizado sin ideación concreta de muerte; amerita la apertura de espacios de escucha activa y seguimiento preventivo.
Factores protectores
Frente a las vulnerabilidades, el documento resalta el poder de los factores protectores que amortiguan el impacto de las crisis. Contar con lazos familiares firmes, consolidar espacios recreativos de pertenencia y fomentar una autoestima sólida son pilares indispensables que la sociedad debe robustecer. En este sentido, la guía busca derribar mitos arraigados, como el temor a que hablar del tema induzca al acto. Contrariamente, preguntar de forma empática, validar el dolor ajeno sin juzgar y ofrecer un oído atento abre canales de alivio insustituibles para quien se encuentra en una situación de encierro psicológico.
Además, el material dedica un apartado al impacto de la comunicación pública. Advierte sobre el efecto Werther, que describe cómo el tratamiento sensacionalista o detallado de un suicidio puede generar un efecto imitación. Para contrarrestarlo, promueve el efecto Papageno, centrado en una comunicación responsable que visibilice testimonios de personas que superaron crisis similares, resalte la efectividad de los tratamientos y difunda de manera clara las redes de asistencia disponibles.
Por último, la Guía destaca cinco errores en las intervenciones institucionales que suelen aparecer con recurrencia ante esta problemática: minimizar el relato, confiar en la calma aparente, callar por temor al enojo de la persona, derivar sin acompañar y tratar de resolverlo en soledad. El abordaje del suicidio, insisten los autores, es una tarea colectiva.
Con esta publicación, que nace con la recomendación de someterse a revisiones periódicas, la Facultad de Psicología reafirma su compromiso ético de poner el conocimiento al servicio de la vida comunitaria.
El documento fue coordinado por el Prof. Dr. Martín J. Etchevers, secretario de Investigaciones de la Facultad, y escrito junto a Cristian J. Garay, Anabela Galiana, Pablo López, Natalia Helmich y Cecilia Bodón, con un equipo de investigación de la Facultad y del CONICET. Contó además con revisores externos del CEMIC y de la Universidad Favaloro. Se ajusta a la Ley Nacional de Prevención del Suicidio Nº 27.130, sigue los principios técnicos de la American Psychological Association y suma instrumentos validados en el país.
Centro de Asistencia al Suicida:
-Desde CABA: 135
-Desde resto del país: 0800-345-1435
La Guía completa se puede descargar desde el siguiente link: https://www.psi.uba.ar/octo/slider/prevencion_suicidio/GUIA_JOVENES%20v1.3.pdf

