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Cerúndolo gana una batalla interminable para pisar por primera vez los octavos de un Grand Slam

uan Manuel Cerúndolo necesitó 5 horas y 58 minutos para alcanzar por primera vez los octavos de final de un Grand Slam, el tercer partido más largo de la historia de Roland Garros. Casi seis horas para cruzar una frontera que su carrera llevaba tiempo buscando. Casi seis horas para imponerse a Martín Landaluce por 6-4, 6-7(7), 7-6(4), 6-7(4) y 7-6(8) en una tercera ronda de Roland Garros que tuvo más de combate de resistencia que de partido convencional. Cinco sets, cuatro tie-breaks, una tensión permanente y una última manga decidida en el límite absoluto para entregar al argentino la victoria más importante de su trayectoria en un grande.

Así, Cerúndolo está en la segunda semana de Roland Garros. No lo había conseguido nunca en un Grand Slam. Y lo hizo de la manera más exigente posible, después de sobrevivir a un partido que se negó a romperse hasta el último punto. Hubo ventajas, respuestas, oportunidades perdidas, regresos de Landaluce, resistencia del argentino y una sensación constante de que nadie terminaba de marcharse. Cada vez que uno parecía tener el control, el otro encontraba una forma de volver.

Cerúndolo ganó el primer set, perdió el segundo en un tie-break larguísimo, recuperó el mando en otro desempate, volvió a ver cómo Landaluce igualaba el partido en el cuarto y terminó resolviendo el quinto también en la muerte súbita, esta vez en el super tie-break. No hubo atajos. No hubo tramo de alivio. No hubo una ventana clara para respirar. El argentino tuvo que ganarlo casi todo varias veces, y eso explica mejor que cualquier dato la dimensión de su clasificación.

El triunfo tiene una carga especial porque llega en un momento en el que su carrera vuelve a encontrar una escena grande. En consecuencia, este Roland Garros no se entiende solo como una buena semana. Se entiende como una recompensa.

Cerúndolo no es un jugador que aparezca desde la nada. Es alguien que ya había conocido el brillo temprano y que tuvo que aprender a esperar. En París, esa paciencia encontró premio. No con una victoria sencilla, sino con una prueba casi extrema de permanencia. Ganar un partido de casi seis horas exige mucho más que tenis. Exige aceptar el cansancio, sostener la concentración cuando la cabeza empieza a pedir finales, tolerar la frustración de no cerrar antes y seguir tomando decisiones con el cuerpo al límite.

Y además lo hizo con la resaca emocional de haberse impuesto a Jannik Sinner, el No. 1 del PIF ATP Rankings, en la ronda anterior, con todo lo que eso conllevó.

Ante Landaluce, la determinación del argentino fue clave. El español llegaba lanzado, después de dos partidos a cinco sets y de una remontada desde dos parciales abajo que le había convertido en una de las historias jóvenes del torneo. Tenía confianza, resistencia y la sensación de estar aprendiendo a sobrevivir en París a toda velocidad. Cerúndolo tuvo que frenar esa energía sin dejarse arrastrar por ella. Y lo hizo desde una mezcla de oficio, paciencia y convicción.

En un duelo tan largo, la experiencia vital también cuenta. No siempre se ve en los golpes, pero aparece en la manera de competir los puntos que queman. Y pocos puntos quemaron más que los del quinto set. Después de casi seis horas, el partido llegó al super tie-break con todo todavía abierto. Landaluce había vuelto una vez más, como hizo durante todo el encuentro. Cerúndolo, sin embargo, encontró la claridad final en el momento más difícil. El 10-8 del desempate definitivo no solo cerró el marcador. Cerró una batalla emocional que había llevado a los dos jugadores hasta el borde.

La victoria también tiene una lectura profundamente argentina. Roland Garros siempre ha sido un torneo especial para el tenis de Argentina, una superficie y un escenario donde muchas generaciones encontraron una forma natural de competir. La tierra de París entiende a los jugadores capaces de sufrir, construir, variar, esperar y aceptar que los puntos no siempre se resuelven rápido. Cerúndolo pertenece a esa escuela.

Pero incluso para un jugador de tierra, esta victoria pertenece a otra categoría. No fue solo construir. Fue resistir. No fue solo competir bien. Fue permanecer durante seis horas en una tensión casi imposible. Ese tipo de partidos no solo se ganan en la pista. Se ganan también con todo lo que un jugador trae acumulado: las lesiones superadas, los torneos menores, los días de dudas, las semanas de reconstrucción, las veces en que hubo que empezar de nuevo.

Landaluce se marcha de Roland Garros con una experiencia enorme. Su torneo confirma que tiene tenis, físico y cabeza para competir en escenarios mayores. Pero esta vez se encontró con un rival que también sabía sufrir. Y en una tarde llevada hasta el límite, Cerúndolo tuvo una respuesta más que le llevó hasta los octavos de final.

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