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Cuando del Potro asombró a Wimbledon

Juan Martín del Potro llegó a Wimbledon 2013 como el No. 8 del PIF ATP Rankings, con un título de Grand Slam ya en el bolsillo y una amenaza reconocible para cualquiera en los grandes escenarios. Pero su relación con la hierba todavía no tenía un capítulo a la altura de su tenis. Nunca había pasado de los octavos de final en Londres. Nunca había jugado una semifinal en el All England Club. Y, hasta aquel verano, Wimbledon parecía más una superficie posible que un territorio realmente suyo.

Todo cambió en dos semanas.

Del Potro firmó en 2013 el mejor recorrido de su carrera en Londres, ganó sus cinco primeros partidos sin ceder un set y terminó dejando una de las semifinales más recordadas de la era moderna ante Novak Djokovic. No llegó a la final, pero sí dejó una sensación muy concreta: durante una tarde de casi cinco horas, en la Centre Court, el argentino hizo creer que podía derribar al No. 1 del mundo en el escenario más tradicional del tenis.

El torneo empezó con calma. En primera ronda, superó a Albert Ramos-Viñolas por 6-2, 7-5, 6-1. Después derrotó a Jesse Levine por 6-2, 7-6(7), 6-3. En tercera ronda, ante Grega Zemlja, confirmó que el césped no le estaba exigiendo una adaptación traumática: 7-5, 7-6(3) y 6-0.

La secuencia tenía un detalle importante. Del Potro no necesitaba inventar un tenis nuevo para competir en hierba. Su saque, su derecha plana y la facilidad para acelerar desde posiciones neutras eran herramientas demasiado grandes como para no funcionar allí. El desafío era otro: aprender a gestionar el bote bajo, los puntos más cortos, aprovechando el revés cortado, y los momentos en los que la superficie no permite construir tanto como en pista dura.

En esa edición encontró la mezcla.

Su victoria ante Andreas Seppi en octavos, por 6-4, 7-6(2) y 6-3, le llevó por primera vez a los cuartos de final de Wimbledon. Era un paso importante para un jugador que ya había sido campeón del US Open y finalista de las ATP Finals, pero que todavía no había sentido Londres como una plataforma propia. A partir de ahí, el torneo dejó de ser una buena semana. Empezó a convertirse en una historia.

En cuartos esperaba David Ferrer, entonces No. 4 del mundo y uno de los jugadores más consistentes de aquella generación. Del Potro ya llegaba con la rodilla izquierda visiblemente vendada. El vendaje, amplio, era parte de su imagen durante esos días. Pero el partido tomó un giro todavía más inquietante en el primer juego.

Persiguiendo una bola abierta, el argentino resbaló y cayó sobre esa misma rodilla. Se quedó tendido en la hierba, Ferrer cruzó la red para comprobar cómo estaba y la Centre Court se quedó en silencio. El parón se alargó. Hubo asistencia médica. La posibilidad de que aquel Wimbledon terminara ahí era muy real.

Del Potro regresó a pista.

Y, de algún modo, no solo continuó. Jugó uno de los partidos más dominantes de su torneo. Ganó 6-2, 6-4 y 7-6(5), combinando servicio, golpes de fondo y una agresividad muy distinta a la que se espera de un jugador preocupado por una rodilla. Ferrer intentó moverle, buscar ángulos, obligarle a defender. Del Potro respondió tomando la iniciativa antes de que el punto se le complicara.

Al cerrar el partido, volvió a quedar tumbado sobre la hierba. Esta vez no por la caída, sino por el agotamiento y la liberación. Había llegado a las semifinales de Wimbledon. Tendría enfrente a Djokovic.

La semifinal fue mucho más que un gran partido. Fue una prueba de lo que Del Potro podía producir cuando su derecha encontraba una dimensión casi incontrolable. Djokovic llegaba como No. 1 del mundo y como campeón de Wimbledon en 2011. Era el jugador más completo del circuito, uno de los grandes favoritos al título y un rival que podía convertir la hierba en una pista de desgaste desde el resto y la defensa.

Del Potro no se encogió.

El argentino perdió el primer set por 7-5, pero respondió con un 6-4 que cambió el pulso del partido. El tercero se resolvió en un tie-break para Djokovic. En el cuarto, Del Potro salvó dos puntos de partido en el desempate y consiguió forzar el quinto set. Durante 4 horas y 43 minutos, la semifinal fue un intercambio de potencia, resistencia y golpes imposibles.

Djokovic terminó imponiéndose por 7-5, 4-6, 7-6(2), 6-7(6) y 6-3. Pero el marcador apenas explica la sensación que dejó el encuentro. Del Potro golpeaba derechas planas, profundas y violentas, una y otra vez, y Djokovic devolvía como si la hierba no tuviera que impedirle deslizarse, correr y llegar a todo. Hubo puntos de una exigencia difícil de comprender desde fuera. Hubo momentos en que el argentino parecía dominar y otros en los que el serbio obligaba a jugar un golpe más, y luego otro, hasta convertir un ataque ganador en una pelota de nuevo neutral.

Del Potro salió derrotado, pero recibió una ovación de pie. En la rueda de prensa no ocultó la tristeza. “He perdido”, recordó a quienes querían felicitarle por el nivel. Pero también dejó una frase que explicaba el valor de aquella semana: “Al menos ahora sé que puedo ponérselo difícil a los mejores del mundo”.

Era una afirmación sencilla, aunque en realidad hablaba de mucho más.

Del Potro ya había demostrado que podía ganar a los mejores. Había derrotado a Federer en la final del US Open 2009. Había ganado una medalla olímpica. Había tenido grandes victorias. Pero Wimbledon 2013 le mostró otra cosa: que su tenis podía funcionar también en la superficie más exigente para un jugador de su tamaño y de su patrón de juego.

No lo hizo desde la adaptación perfecta ni desde una campaña sin sobresaltos. Lo hizo con una rodilla vendada, con una caída que amenazó con sacarle del torneo y con una semifinal de casi cinco horas ante uno de los jugadores más resistentes de todos los tiempos.

Aquel verano no terminó con Del Potro levantando el trofeo. Djokovic perdió después la final ante Andy Murray, que firmó una de las victorias más importantes de la historia del tenis británico. Pero la semifinal quedó instalada en la memoria de Wimbledon.

Porque durante un día, con la rodilla protegida, la derecha disparada y la Centre Court completamente entregada, Del Potro hizo que el torneo pareciera suyo.

No fue su única gran semana en un Grand Slam. Tampoco fue su único partido épico. Pero quizá fue una de las imágenes más completas de lo que siempre representó: un jugador capaz de convertir cualquier pista en un lugar demasiado pequeño para sus golpes.

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