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Granollers y Zeballos: “Si no hay pasión, esto es muy complicado”

Marcel Granollers y Horacio Zeballos ya sabían lo que significa ganar un Grand Slam. También saben lo que pesa perseguirlo durante años, quedarse cerca, convivir con la desilusión y volver a intentarlo sin garantías. Por eso, defender el título de Roland Garros no fue simplemente añadir otra copa a una vitrina que ha crecido de forma extraordinaria en el último año. Fue algo distinto: la confirmación de que aquella primera gran conquista en París no había sido un punto de llegada, sino el comienzo de una etapa todavía más poderosa.

La pareja hispano-argentina volvió a levantar el título en el Bois de Boulogne un año después de estrenarse como campeona de Grand Slam. Llegaron a París como defensores de la corona y se marcharon otra vez con el trofeo, una tarea mucho más compleja de lo que puede parecer desde fuera. Ganar una vez exige tenis, calma y oportunidad. Repetir exige sostener todo eso con la presión añadida de saber que ahora todos te miran de otra manera.

“Estoy muy feliz”, reconoció Granollers. “Cuando llegamos aquí no esperaba defender el título del año pasado. Intentaba pensar en cada partido, y creo que él también. Ahora podemos decir que han sido dos semanas increíbles. No puedo estar más contento. Estoy orgulloso en este momento. Es una sensación increíble para nosotros y para todo el equipo. Creo que todo el equipo merece este momento”.

Zeballos, a su lado, lo resumió desde la misma mezcla de alegría y conciencia. “Estamos muy felices por cómo jugamos durante estas dos semanas. Es muy difícil defender el título en un Grand Slam, así que estamos muy, muy contentos”

El dato inmediato impresiona, pero la trayectoria lo hace todavía más. Hace un año, Granollers y Zeballos llegaron a Roland Garros sin ningún título de Grand Slam. 12 meses después, han conquistado tres. El salto no se explica solo por el tenis que juegan, sino por el alivio que supuso ganar el primero. Durante mucho tiempo, esa barrera estuvo ahí, invisible pero pesada. Finales perdidas, oportunidades que se escaparon y la sensación de estar haciendo muchas cosas bien sin terminar de abrir la puerta más grande.

“Lo hemos hablado con Horacio cuando hemos terminado el partido”, explicó Granollers. “Qué nivel hemos dado hoy tan alto. Y lo importante que es la cabeza. Cuando no habíamos conseguido ninguno, sentíamos eso en nuestros hombros y en algunas situaciones nos hacía no jugar nuestro tenis. El nivel que hemos dado hoy demuestra que fue muy importante ganar el primero para llegar a la pista y jugar así”.

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El segundo título en París no llega desde la necesidad de demostrar algo, sino desde una libertad distinta. Granollers y Zeballos ya no cargan con la pregunta de cuándo ganarán un grande. Ahora compiten desde el deseo de seguir exprimiendo una etapa que ambos saben especial. La ambición continúa, pero ha cambiado de textura. Ya no nace de la urgencia, sino de la tranquilidad de quien trabaja bien cada día y acepta que el resultado final no siempre depende de uno.

“Obviamente, seguir trabajando para ir a por más de estos torneos”, dijo Zeballos sobre los próximos retos. “Nos enfocamos mucho en el día a día dentro de la pista. Qué puedo hacer para mejorar la volea, desde el fondo, o cómo seguir pegándole fuerte a la pelota. Todo lo que está bajo nuestro control. No podemos decidir si el último punto lo vamos a ganar, pero sabemos que si estamos bien preparados, fuertes físicamente, fuertes mentalmente y bien tenísticamente, vamos a tener esas posibilidades”.

Esa forma de mirar el circuito explica buena parte de su longevidad. Granollers tiene 40 años. Zeballos, 41. A esas alturas, el calendario pesa de otra manera, los viajes se sienten más, las recuperaciones importan más y cada torneo exige una motivación muy clara. No basta con saber jugar. Hay que querer seguir haciéndolo. Y ahí, los dos coinciden en una idea central: si siguen compitiendo así es porque todavía disfrutan.

“Cuando uno tiene pasión por lo que hace, esa juventud nunca deja de estar”, reflexionó Zeballos. “A mí me encanta el tenis. Me encanta verlo, me encanta ir a entrenar y tratar de ser cada vez mejor. Eso es fundamental para cualquier persona en su vida: tener pasión por algo. Así se hace más fácil que sigan pasando los años y uno tenga ganas de seguir viniendo a cada torneo, a cada entrenamiento”.

Granollers lo llevó al terreno de esa especie de tercera vida deportiva que ambos están viviendo en el dobles. “Cuando eres un niño solo piensas en ir a una pista, jugar y no hay nada más en la cabeza”, dijo. “Cuando te haces profesional, el juego pasa a ser tu trabajo y hay muchas más cosas implicadas. Pero con 40 años, si no hay pasión, esto es muy complicado. Hemos pasado situaciones de todo tipo en nuestras carreras de individual y ahora con el dobles estamos disfrutando de esa tercera juventud”.

El concepto encaja muy bien con lo que representan. Ninguno creció imaginando una vida de doblista. Como casi todos, empezaron queriendo construir una carrera individual. El camino les fue llevando hacia otro lugar. No como resignación, sino como una elección inteligente, una forma de alargar su presencia en la élite y optar a premios que en individual se habían vuelto mucho más difíciles.

“Creces queriendo ser jugador de individuales, pero la carrera te va llevando por diferentes caminos”, explicó Granollers. “A los dos se nos daba bien el dobles y llegó un momento, con cierta edad, en que nos planteamos que si jugábamos solo dobles podríamos alargar nuestra carrera y optar a títulos que a nivel individual era muy difícil conseguir. Creo que tomamos una buena decisión, porque cuando terminen nuestras carreras tendremos títulos de Grand Slam que de la otra forma no hubiéramos tenido”.

Zeballos coincidió plenamente. “Cuando sentí que ya estaba a tope en mi carrera individual, mi manera de adaptarme fue a través del dobles. Quería tratar de conseguir objetivos que eran imposibles en individuales, para ser honesto. Y aquí estamos, disfrutando de este momento como disfruté cada victoria en solitario”.

La palabra adaptación aparece sin necesidad de pronunciarse demasiado. Granollers y Zeballos han adaptado sus carreras, sus objetivos, sus rutinas y su manera de competir. Lo han hecho sin perder hambre, pero también sin caer en el conformismo. Porque, aunque acumular títulos de Grand Slam podría invitar a cierta calma, los dos insisten en que nada de esto se vive como algo normal.

“Normal no es”, subrayó Granollers. “Nosotros hemos vivido el no conseguirlo y nos ha costado mucho. Hemos estado muchas veces a las puertas y hemos tenido momentos de desilusión. Lo valoramos muchísimo. Si mañana nos damos la mano y cerramos la parada, nos podemos ir muy tranquilos. Y después, cada día luchar por ser mejor pareja. Creo que esa es una de las claves. Con esa motivación llegan títulos”.

El triunfo en Roland Garros refuerza también la percepción exterior. Sus rivales ya les miran como una pareja consolidada, fuerte, difícil de quebrar en los grandes escenarios. Zeballos lo recibe con orgullo. “Creo que somos una pareja muy consolidada, buena, y eso está buenísimo. Los resultados han llevado a que se pueda decir eso y a mí me pone muy contento. Poder seguir teniendo estas alegrías es algo único”.

Granollers y Zeballos volverán ahora a casa con otro Roland Garros bajo el brazo. Después llegará Wimbledon, de nuevo con la máxima ilusión, como dijo el español, porque nadie sabe cuándo será el último gran título. Quizás esa conciencia sea parte de su fuerza. No juegan como si todo estuviera garantizado. Juegan como dos campeones que conocen demasiado bien lo difícil que fue llegar hasta aquí.

París les vio ganar el primero. Un año después, les ha visto defenderlo. Y esa diferencia, para una pareja que aprendió a esperar, vale casi tanto como el trofeo.

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