Mientras miro las nuevas olas (yo ya soy parte del mar)
Por Laura Colpachi
Licenciada en Ciencia Política (UBA) Magister en Defensa (UNDEF) Doctoranda en Estudios Internacionales (UTDT) Red de Politologas. Asesora en organismos públicos y tercer sector.
Esta nota está escrita en dos tiempos. El primero, con la ansiedad y el miedo del resultado electoral del 25 de octubre en Brasil. La segunda, con el alivio del resultado, y la preocupación por la dificultad de lo que sigue.
Charly García cumplió 75 años el viernes 23 de octubre. Feliz cumple al tipo que hizo la música que me acompaña desde que tengo memoria. Hay algo en esa frase —“yo ya soy parte del mar”— que sirve para pensar la política de estos días: no miramos las olas desde la costa; estamos dentro del agua, mojados, empujados, y a veces creemos que la ola que nos golpea es una decisión ajena.
El domingo 25 de octubre de 2026, Brasil votó en segunda vuelta. Luis Inácio Lula da Silva, presidente en ejercicio, derrotó al senador Flávio Bolsonaro con alrededor del 51,7% de los votos válidos, frente al 48,2% de su rival. Las encuestas anticipaban un empate técnico, pero el resultado terminó siendo una diferencia clara: una victoria de Lula, sí, pero también la confirmación de que casi la mitad del país sigue dispuesta a votar por el apellido Bolsonaro. No es una elección cualquiera. Es una elección sobre qué significa el cambio, quién tiene derecho a prometerlo y qué precio estamos dispuestos a pagar por creer en él.
El sábado 24 leía The Economist, ese periódico conservador británico que suele mirar a América Latina con una mezcla de curiosidad antropológica y receta de manual. Citaban a pequeños comerciantes y microempresarios brasileños. El déjà vu era absoluto: “los impuestos nos asfixian, los costos no paran de subir”; “sabemos que Bolsonaro no es muy bueno, pero queremos un cambio”.
Probablemente no exageraran. Probablemente sintieran que los beneficios de una economía que crece no les habían llegado. Ellos perciben, con la lucidez brutal de quien abre un negocio a las siete de la mañana, que las promesas del PT de Lula no llegaban a sus bolsillos. Y tenían razón en enojarse. Tenían razón en exigir más. La pregunta es qué hacen con ese enojo. Con el, literal, diario del día después han hecho algo que en Argentina no supimos hacer: organizarse para luchar por la democracia, poner el cuerpo, ganarle a los aspirantes a fascistas.
La promesa incumplida
La promesa de la democracia, como ya dije en otra oportunidad, permanece incumplida. No me refiero solamente a las urnas, a la alternancia o a las instituciones. Me refiero a la promesa más profunda: que el crecimiento económico debe llegar a todos.
Si el PBI sube y la producción aumenta, pero los frutos se concentran, si el empleo se recupera pero los salarios no alcanzan, si hay estadísticas verdes y vidas grises, entonces el crecimiento se convierte en otra cosa. En la fórmula de la célula cancerígena: crecimiento por el crecimiento mismo, expansión sin sentido, multiplicación que devora al organismo que la sostiene.
Lula llegó al gobierno después de fracasar 3 veces (1989, 1994 y 1998) , y con una historia extraordinaria, una expectativa enorme. El hombre que había salido de la miseria nordestina, que había sacado a Brasil del mapa mundial del hambre, que representaba para muchos la posibilidad de reconciliar crecimiento con distribución. Tres años después, parte importante del país siente que la fiesta económica pasó por otra puerta. Que la inflación, los alquileres, la energía, el crédito y la inseguridad no entendieron de discursos ni de legados históricos. Lo inverosímil, viviendo la experiencia argentina es que puedan creer que la respuesta es Flavio Bolsonaro.
La política no funciona por silogismos. La gente no vota contra su propio interés en abstracto; vota contra lo que percibe como su abandono. Y cuando el oficialismo no logra traducir sus resultados en pan, techo, tranquilidad y futuro, el vacío lo ocupa otro. Afortunadamente, suficientes votantes en Brasil han podido darse cuenta ese “otro” solo trae miseria, destrucción, enfermedad y muerte.
El déjà vu argentino
Nosotros, con casi tres años de experiencia con el gobierno de Javier Milei, deberíamos ver esto con una claridad que cuesta admitir. El gobierno local ha rozado los 50 puntos de rechazo. No es un dato menor: es la fotografía de un país que le dio una oportunidad histórica a un proyecto de ruptura y que empieza a medir, con su vida cotidiana, el costo de esa decisión.
La promesa del cambio no sólo puede no cumplirse. Puede resultar infinitamente más penosa que ese estado de cosas que se rechazaba.
En 2023, muchos argentinos no votaron por un programa económico: votaron contra el cansancio. Contra la inflación que borraba el sueldo entre dos quincenas. Contra la “casta”, los privilegios, la política que parecía sorda. Votaron contra la sensación de que nada cambiaba nunca. Y Milei leyó ese humor que ayudó a construir: habló de la motosierra, de los privilegios, de los políticos de traje y corbata, de la Argentina que se caía a pedazos.
El cambio que votaron, cuando llegó, fue una motosierra sin anestesia. Ajuste, tarifazos, despidos, pobreza, empresas que cierran, familias que se parten, jóvenes que emigran o que se quedan sin proyecto, cifras récord de suicidios. Se nos dijo que había que poner el hombro, que el dolor era transitorio, que después vendría el paraíso de la libertad. Esa libertad tiene una definición muy particular: la libertad de unos para decidir y la obligación de otros para aguantar.
Los brasileños que ayer votaron por Flávio Bolsonaro podrían mirar la experiencia argentina para entender el mecanismo. Sabemos, con la piel, que el discurso del cambio puede ser una máscara para la destrucción del Estado, la transferencia de recursos hacia arriba y la resignificación del sufrimiento como virtud. Sabemos, nosotros y ellos, que destruir es bastante sencillo, pero volver a construir es durísimo, lleva tiempo.
El hijo del golpe
Flávio Bolsonaro no es Jair Bolsonaro, pero el hijo bobo que no se fugó a Estados Unidos, su heredero político y parte de esa estirpe que llevó al Brasil al borde del abismo. Su padre está preso por su intento de golpe del 8 de enero de 2023, cuando multitudes atacaron las sedes de los tres poderes en Brasilia después de la derrota electoral. Ese episodio no fue una “protesta”: fue un intento de quebrar la democracia.
La dinámica electoral tiene una capacidad asombrosa para borrar la memoria, pero esta vez la militancia pudo mantener el recuerdo vivo. El apellido Bolsonaro vuelve a estar en la boleta. El discurso de la corrupción, del Estado inútil, de las élites, de los derechos de los “buenos ciudadanos” contra los “privilegiados” vuelve a circular. La pregunta no es si la gente recuerda el 8 de enero, las burlas a los muertos de la pandemia, la violencia como política de Estado.
Cuando la gente sufre, el pasado parece un lujo. “Ya veremos eso después”, dicen. “Primero hay que arreglar la economía.” Como si la democracia fuera un mueble que se puede guardar en el depósito mientras se hace la reforma. Como si las instituciones fueran un gasto innecesario que se recorta para bajar el déficit.
Pero la democracia no es un lujo. Es la única arquitectura que tenemos para discutir pacíficamente quién paga y quién recibe. Cuando se la debilita, no desaparecen los problemas: desaparecen los canales para resolverlos. Y quedan los mismos de siempre, pero con menos frenos.
La alquimia del sufrimiento
Hay algo más siniestro en esta operación política, y es la transformación del sufrimiento en mérito. En Argentina lo vivimos. Escuchamos que el ajuste era una prueba de fuego, que los que aguantaban eran los valientes, los emprendedores, los que entendían. En esto también hay olvido. Que los que se quejaban eran flojos, dependientes del Estado, enemigos del cambio.
Es una alquimia particular: discurso de perseverancia individual, autoayuda evangelista, machismo y motivación de esquema piramidal. Todo mezclado en un licuado que se vende como libertad.
La fórmula es simple y cruel: si no conseguís trabajo, es porque no te esforzaste. Si no llegás a fin de mes, es porque no supiste administrarte. Si tu negocio quiebra, es porque no eras lo bastante competitivo. Si tu hijo no tiene futuro, es porque no estudió bastante. Todo lo que no conseguís o tenés es culpa tuya.
Fíjense en la palabra: culpa, no responsabilidad. La responsabilidad implica un contexto, una relación, una parte del sistema. La culpa te deja solo frente al espejo. Es la diferencia entre decir “el sistema me está dejando afuera” y decir “yo no sirvo para esto”.
Y cuando la culpa no alcanza, aparece el “otro”. El que cobra un plan social. El que tiene un empleo público. El que se jubiló. El que pertenece a un gremio. El que recibe alguna posibilidad que a vos te es negada. El modelo de suma cero necesita enemigos internos para funcionar. Si hay poco para repartir, no es porque unos pocos se quedaron con demasiado: es porque otros se llevaron lo tuyo.
Ese discurso interpela a lo pequeño, lo egoísta, lo inhumano. No porque la gente sea pequeña, egoísta o inhumana, sino porque el miedo la vuelve así. Cuando estás ahogado, te agarrás de lo que sea. Y hay una industria entera, con inversiones millonarias en comunicación digital, dedicada a ofrecerte un salvavidas de plomo.
Las redes y la factoría del enojo
No es casual que estos proyectos tengan una presencia tan fuerte en redes. No es casual que sus mensajes sean cortos, agresivos, simples. No es casual que el enemigo siempre tenga nombre y apellido, y que la solución siempre sea “sacarse de encima” a alguien. La política que proponen estos grupos es homeopática: ante problemas muy complejos y difíciles de resolver, respuestas rápidas y sencillas, que reconfortan, aunque no resuelvan nada.
La comunicación política contemporánea no busca convencer: busca activar. No busca construir consenso: busca identificar tribus, identidades. Y en esa lógica, la complejidad es el enemigo. Porque la complejidad obliga a pensar, y pensar es lento, y pensar puede llevar a conclusiones incómodas.
“Los impuestos nos asfixian” es una frase que cualquiera entiende. “El problema es la concentración de la riqueza, la evasión de las grandes corporaciones, la presión sobre las pymes y la falta de inversión productiva” es una frase que requiere contexto, datos, paciencia. La primera gana siempre en un timeline. La segunda gana, a veces, en un gobierno.
Y esa es la tragedia: la izquierda, el progresismo, el campo popular – llámenlo como quieran – suele llegar tarde a la guerra de las narrativas. Llega con informes cuando el otro ya ganó con memes. Llega con matices cuando el otro ya instaló el odio. Llega a explicar cuando ya nadie quiere escuchar explicaciones. Tal vez esta sea la carrera que André Janones con diez millones de seguidores empezó a entender y logro ganar, hablar redes sociales.
Lo que no ven
La promesa de cambio de los Bolsonaro tiene un historial: la destrucción de la política ambiental, el ataque a las instituciones, la militarización del discurso, la corrupción de las propias familias que predicaban austeridad. El sábado, cuando leía The Economist, temía que Brasil no pudiera verlo. Que lo hayan logrado hacer a tiempo es un logro de cada una de las personas que participó de estas tres semanas de campaña antes del ballotage.
Temía que no vean que la motosierra no distingue entre lo innecesario y lo esencial. Que cuando el Estado se achica, no se achican sólo los privilegios: se achican los hospitales, las escuelas, las jubilaciones, la ciencia, la protección social. Que el “achicamiento del Estado” es, en la práctica, el achicamiento de la capacidad colectiva de responder a las crisis. Achicar el Estado, lejos de hacerlo eficiente, lo destruye, y con él, a todos.
No ven, que el problema no se resuelve cambiando de verdugo. Que si el modelo económico sigue concentrando riqueza, si el crecimiento no llega a los bolsillos, si la democracia sigue siendo una promesa incumplida, el próximo Bolsonaro será peor que el anterior, y el siguiente aún peor. Mientras escribo me imagino a San Agustín y su vieja en la caverna sonriendo.
Porque el fascismo no surge de la nada. Emerge cuando las instituciones no responden, cuando la economía no distribuye, cuando la política tradicional se agota. Y se alimenta del miedo, del resentimiento, de la sensación de que ya no hay nada que perder. Piensen en Roma, octubre de 1922, Alemania en enero de 1933.
La responsabilidad de mirar
“Mientras miro las nuevas olas, yo ya soy parte del mar.” Charly lo cantó hace décadas, y sigue siendo cierto. No somos observadores neutrales de la historia. Somos parte. Cada voto, cada silencio, cada complacencia, cada “ya veremos” es una ola que empuja.
Los brasileños que votaron por Flávio Bolsonaro son, en su mayoría, gente cansada, gente que trabaja, gente que siente que el sistema no la incluye. Igual que muchos argentinos en 2023. Y tienen razón en su enojo. El error no está en el enojo: está en creer que el que promete romperlo todo va a construir algo mejor. Afortunadamente, quienes pudieron ver más allá de la frustración y darle una oportunidad a la construcción democrática de soluciones fueron más.
La experiencia argentina es una advertencia elocuente. Dice que la motosierra desgarra. Que el discurso de la libertad, cuando se usa para justificar el sufrimiento de los más débiles, es una mentira. Que la promesa de cambio, cuando se convierte en excusa para el ajuste permanente, es la promesa más vieja y más cruel del neoliberalismo.
La democracia sigue adeudando su promesa. El crecimiento sigue sin llegar a todos. Pero la respuesta no es entregarle las llaves a los que quieren quemar la casa. La respuesta es exigir más, organizarse, construir alternativas, recuperar la política como herramienta de transformación y no como espectáculo de destrucción. Eso nos enseña el triunfo de Lula.
Ayer Brasil votó. Lula ganó y, con él, por ahora, la posibilidad de que la democracia siga siendo el espacio donde se discute quién paga y quién recibe. El 48% de los votos, las mayorías opositoras en el congreso, recuerdan que el enojo no desapareció: se acumula. Y nosotros, desde acá, con nuestra experiencia actual y dolorosa, deberíamos mirar esas olas y reconocernos en el agua. Porque ya sabemos de qué va esta película. Esta vez la democracia aguantó. Pero la próxima vez que se repita, no vamos a poder decir que no lo sabíamos.

